San Vicente… sesenta y tres años después

Iconografías del Peronismo

San Vicente… sesenta y tres años después

 Damián Antúnez Harboure

Si resulta quimérico pensar al espacio despojado del tiempo, más incomprensible se vuelve todavía si ese espacio estuvo indisolublemente asociado a ciertos y especiales momentos de la historia. A momentos de un tiempo que, yo me animaría a decir, sencillamente se nos antoja hermoso.

Un tiempo que al transitar por los caminos de la nostalgia -a la que Lord Acton caracterizara como “el más noble de los dolores humanos”- me ha permitido reencontrarme con lo que supo ser, desde mis más remotos contactos con la historia del peronismo, la imagen más inmediata, más cercana y, si se quiere, más ataviada de intimidad de la Nueva Argentina Peronista. Esa Argentina feliz que desde otro ángulo el historiador Félix Luna había convenido en definir en clave temporal como la de los años de la fiesta, cuando subtitulara al primer volumen de Perón y su tiempo: “La Argentina era una fiesta”.

Entonces, ¿cómo no recordar aquel tiempo festivo con el desborde sentimental propio de la alegría? Por otra parte, se trataba de una alegría que yo encontré siempre retratada en esa felicidad inscripta en los rostros de los dos indiscutidos forjadores de la Nueva Argentina. Me refiero a ese Perón y a esa Evita sentados en el porche de entrada de la Quinta de San Vicente en una inmortal instantánea tomada allá por el año 1948. Y se me ocurre también que esa misma instantánea ilustra magistralmente la definición que diera, en mayo de 1973, el propio Perón de su papel y el de Evita en la Revolución Justicialista al afirmar que: “Yo era el ejecutor fuerte y decidido de un destino manifiesto de los argentinos; Evita, en cambio, era el destino mismo”.

Manifiesto o no aquel destino, el año 1948 cabe en él por antonomasia. Es cierto que aún no se había reformado la Constitución, ni había tenido lugar el renunciamiento del Cabildo Abierto del 22 de agosto de 1951 y que ni siquiera podían imaginarse las horas aciagas a venir… Pero las mejores semillas ya estaban germinando. La economía social justicialista estaba produciendo sus más notorios efectos redistributivos, las nacionalizaciones eran una realidad y las grandes obras públicas popularizaban aquel Perón cumple, Evita dignifica. Evita estaba en su plenitud vital y a su vez esbozaba cada día con mayor nitidez esa otra Evita que, años más tarde, jóvenes y no tan jóvenes entendieron que debían “llevar como bandera a la victoria”. Claro, una victoria que en clave revolucionaria no fue, no pudo o, sencillamente, se negó a ser. Ya poco importa…

Sesenta y tres años después ese mismo espacio vital del porche de la quinta de San Vicente, iconografía de la felicidad edificada en la dignidad de un pueblo trabajador que comenzaba a sentirse dueño y artífice de su propio destino, no deja de evocarme esa “Argentina feliz” o esa “fiesta” popular, porque no, del primer trienio del gobierno peronista. Un tiempo forjado a fuego por lo que me atrevería a definir como una desmesura, pero no de excesos pecaminosos, sino todo lo contrario, de justicia, de justicia social, de justicia redentora…

Lo cierto es que en una tarde invernal radiante de luminosidad -¿qué otra cosa que un día peronista?-, del mes de agosto de 2011, me encuentro en primera persona frente al mismo porche de aquella foto. Sin embargo, los contrastes son por sí mismos evidentes. El tiempo ha hecho bien su trabajo y lo ha trastocado todo… A la presencia de la ausencia de Perón y Evita sonrientes con su caniche Canela, se le suma esa otra ausencia vital que erige todo museo, donde la puesta en escena de responsables y curadores parece competir con la historia misma por la ocupación del espacio simbólico. No lo sé, pero hasta los sillones metálicos actuales del porche se erigen en impostores de aquellos otros de mimbre de la histórica foto, como si el museo se empeñara en despojar a la historia del principal papel protagónico de la escena que contemplo.

Será tal vez a causa de dicha disputa por el patrimonio simbólico del pasado que protagonizan de una parte el museo -desde una suerte de presente continuo- y de la otra la historia -desde su pretérita existencia- que no logro conciliar a uno con la otra. De todos modos, al caer la tarde, cuando abandonaba la quinta, no puede dejar de tomar partido. Y lo hice del lado de la historia. Entonces, al atravesar el portón de entrada, la nueva imagen desolada de esos otros sillones vacíos del porche se trucó raudamente en aquella de toda la vida, en la que convergían las jornadas de descanso de Perón y Evita allá por 1948, iconografía fiel de un peronismo que se metía en la historia…

Valladolid, septiembre 2012.

Las fotos son de la página Web Pensamiento Nacional: http://pensamientonacional.com.ar/eventos.php?gal=25
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