Qu’ils s’en aillent tous! (I)

¿ES POSIBLE UN CORRALITO EN ESPAÑA? UN REPASO POR LA EXPERIENCIA ARGENTINA

Al repensar el título de esta charla (*) me pareció que lo primero que teníamos que hacer era desentrañar esta cuestión del corralito en lo que respecta a su experiencia concreta tanto de la crisis argentina de 2001/2002, como de la española de una década posterior. Dicho de otro modo, vamos a intentar problematizar el significante “corralito” en sus contextos históricos precisos. A decir verdad, tanto en el caso español como en el argentino emerge un determinante común a estos contextos de crisis que a su modo nos van a dar una idea algo más precisa de aquello a lo que convenimos en llamar corralito.

Para ello os propongo como marco de análisis general centrarnos en el daño social infringido por las corrientes de pensamiento neoliberal que fundamentan las políticas socioeconómicas impuestas desde hace más de tres décadas hasta la actualidad. Así, el politólogo francés Antoine Artous resumía  en un libro de reciente publicación una síntesis de lo que trajo aparejado este neoliberalismo en términos de antídoto contra las luchas por la emancipación social que me parece muy oportuno para analizar el contexto socio-político en el que se inscriben estas crisis económicas. Este pensador contraponía la Revolución Francesa (1789) a la Inglesa (1688) y la Norteamericana (1776) como instancias que han dado lugar a unas democracias que nos permitieron avanzar, no sin contramarchas, en la lucha por la emancipación social.[1] Entonces, claro está, mientras que las revoluciones inglesa y americana consagraron unos poderes burgueses a partir de unas leyes y normas intocables que incluso se las colocó por encima de la voluntad popular, la Revolución Francesa fue concebida como el motor de una serie de instrumentos, leyes, instituciones puestos al servicio de la voluntad popular y no a la inversa. Y esto que parece un detalle marca en realidad una diferencia funcional importantísima. De allí que la Revolución Francesa, y no sus predecesoras, haya sido modelo y plataforma por excelencia ni más ni menos que de la Revolución Rusa del ’17 así como de tantas otras luchas y proyectos emancipatorios. Claro está que el legado de la Revolución Francesa siempre ha importunado a las burguesías dominantes en el marco del desarrollo capitalista al presentarse como motor de la contestación social y política; por ello, el ciclo abierto por aquel proceso revolucionario tenía que cerrarse y eso es lo que viene a decirnos uno de estos divulgadores mediáticos del neoliberalismo de la década del ’90 como es el caso del francés Pierre Bouretz cuando proclamaba que la Revolución Francesa había terminado y con ella “todos sus excesos”. Ahora, decía Bouretz en pleno auge neoliberal: “…al verse que no se puede construir una Europa de la voluntad, podemos por lo menos construir una Europa de la regla”.[2]

Resulta curioso esto de la “Europa de la regla”, parece algo así como medio monástico y en parte lo es, sólo que aquí la deidad no es otra que los intereses de una burguesía financiera; pero no tenemos más que ver lo que ha ocurrido entre nosotros este último quinquenio para corroborar esta máxima: desde el intento semifallido de imponernos una Constitución para Europa donde no se hacía referencia alguna a la voluntad popular -único texto constitucional de la historia moderna con esa característica- hasta ese conjunto de reglas convertidas en nuevas normas jurídicas restrictivas de derechos y libertades ciudadanas y que bien podríamos entender como unos “corralitos ad-hoc”. Tal es el caso de la constricción legal del gasto público por lo que se ha modificado recientemente la Constitución Española para prohibir el endeudamiento público más allá del 3% del PIB, o bien de aquellas normativas financieras que han posibilitado esta estafa colectiva que estamos viviendo sea a través del drama social de los desahucios hipotecarios, sea a través de las llamadas participaciones preferentes de bancos y cajas de ahorros que se han cebado con los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. En lo que se refiere a las preferentes ya podemos advertir un caso espectral de corralito no reconocido: se calcula que las pérdidas de los “forzados” tenedores de participaciones preferentes y deuda subordinada de bancos y cajas de ahorros podrían llegar alcanzar los 5.000 millones de euros. Pero también los 400.000 desahucios que se calcula han tenido lugar en España desde el comienzo de la crisis son otros tantos corralitos más que evidentes. Aquí lo que se prohíbe no es el disponer de los depósitos bancarios sino algo más terrible si se quiere aún, la no posibilidad de disponer de la vivienda habitual.

Ahora bien esto no acaba en lo económico; en lo político también tenemos instalado un poderoso “corralito” que yo más bien calificaría de valla electrificada y que no es otra cosa que los famosos pactos o acuerdos de la transición, pactos de la Moncloa o como se los quiera llamar, a partir de los cuales queda prácticamente vedada cualquier expresión de la voluntad popular que pretenda alterar o cambiar ese statu quo. De ahí en más podemos comprender el por qué de las recurrentes apelaciones al consenso, acuerdos, pactos, diálogos sociales de cúpulas, etc. que se colocan por encima de la voluntad popular, adquiriendo incluso categorías estatutarias y/o constitucionales y el consecuente desprecio o desprestigio de su antítesis: el antagonismo, el conflicto, como si éstos no fueran un indudable motor de cambio y madre de las más importantes revoluciones sociales de la historia contemporánea. Por tanto volvemos a la máxima expresada por Bouretz: ahora la regla, la norma, con categoría constitucional, está por encima de la voluntad popular. La ley es un instrumento para perpetuar un modelo de concentración del capital, para lo cual se independiza de la voluntad popular al punto que queda cautiva en el corral que ella misma ha fabricado.

Este es el marco en el que nos encontramos. Este es hoy nuestro corralito, que no es otro que el euro tal y como está concebido actualmente. Y esto es sólo de momento porque ya veremos que podría haber otro u otros. Por cierto un corralito como lo fue, en la Argentina de hace una década, la convertibilidad con paridad cambiaria 1$=1U$S. En rigor de verdad, ese fue también un verdadero corral que antecedió al de 2002; éste último mucho más popular por cierto, al impedir temporalmente a los ahorristas disponer de sus depósitos bancarios en efectivo al valor de1$=1U$S.  De este modo, vamos a hacer un repaso muy rápido por la experiencia argentina para luego extraer algunas claves que nos ilustren lo que sucede hoy y podría suceder en los próximos meses en España.

a)  LA EXPERIENCIA ARGENTINA

Si bien Argentina atravesó una sucesión de crisis económico-financieras a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, ninguna de ellas -ni siquiera la experiencia hiperinflacionaria de 1989/1990- fue de la magnitud ni del impacto de la de 2001/2002. ¿Por qué? Porque en esta última Argentina declaró una cesación unilateral de pagos internacionales, se generó un estallido social sin precedentes y con ello estalló en mil pedazos lo que aún quedaba del paradigma neoliberal en su vulgata de los Planes de Ajuste Estructural derivados de las usinas de ideas o think tank del FMI, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro norteamericano y su ideario del Consenso de Washington.

Y este verdadero estallido ocurrió, si se me permite la expresión, por pura sobredosis de ortodoxia neoliberal. En pocas palabras, podemos sostener que la receta mágica para resolver el problema de la hiperinflación de 1989/1990 fue la madre del cordero del estallido de 2001. Así, la puesta en marcha en marzo de 1991 de un sistema de caja de conversión entre la moneda local y la estadounidense por el cual podía convertirse a la par el peso con el dólar permitió eliminar en lo inmediato el problema de la inflación -ahora la gente no huía de la moneda local porque sabía que por cada peso había supuestamente un dólar en el BCRA y que en cualquier momento podía intercambiar uno por otro-, pero al mismo tiempo generó un tremendo efecto de desinflación que sumado a una brutal apertura financiera, al diferencial de tipos de interés entre Argentina y los centros financieros internacionales que el propio sistema auspició y a un festival nunca visto de privatizaciones de empresas públicas a precio de saldo -YPF entre las que más- provocaron una avalancha de ingreso de capitales que tuvieron un triple efecto.

Por un lado apreciaron fuertemente la moneda local encareciendo enormemente las exportaciones argentinas y dando lugar a sucesivos saldos negativos de la balanza comercial; por el otro, se fomentó muy fuertemente el endeudamiento externo provocando crecientes saldos negativos en la balanza de servicios por el pago de intereses; en tercer lugar, se incentivó las denominadas inversiones de cartera que son fondos de muy corto plazo que ingresaban al país para especular con bonos en dólares que emitía el gobierno. De esta manera el Estado incrementaba exponencialmente su deuda externa; pero esto además era un círculo vicioso, porque una vez pasados los efectos del crecimiento inicial de la economía impulsada por el ingreso de capitales y la renovación tecnológica apuntalada, en parte, por el auge de las privatizaciones, la apreciación del tipo de cambio encareció raudamente las exportaciones, las que a partir de 1997 se vieron todavía más perjudicadas por la caída de los precios de las materias primas agropecuarias -base de las exportaciones argentinas, ya sea como tales o como productos elaborados a partir de las mismas- y por el incremento de la tasa de interés internacional -en el “centro”- que ralentizó el ingreso de capitales y deterioró el crecimiento del PIB hasta tornarlo negativo hacia 1998/1999. En este contexto, el Estado quedó preso de un sistema financiero que permanentemente le exigía mayores y mayores costes para financiarse. Un financiamiento que se destinaba a cubrir el creciente déficit fiscal que se abría como una grieta en la medida que disminuían los ingresos fiscales y que el Estado mismo se convertía en intermediario financiero de unas empresas privadas que perdían rentabilidad en medio de una recesión que llegaba para quedarse. Entonces entra en escena la célebre prima de riesgo -riesgo de impago, de devaluación, etc.- y el FMI toma la delantera para imponer al Estado un ajuste estructural demencial para que reduzca su gasto público y por tanto evite un endeudamiento cada vez más oneroso. Y como ya advertiréis, porque en esto también en España estamos curtidos, se abortó cualquier mínimo indicio de crecimiento, ya sea por la vía del consumo, la inversión o por las exportaciones, y se ingresó en un espiral recesivo que no hizo otra cosa que profundizar el déficit fiscal y con él un endeudamiento astronómico. Hasta aquí el mecanismo que llevó a la explosión.

En el ínterin, los coros neoliberales clamaban por la reducción necesaria, imprescindible del gasto para evitar la salida de la convertibilidad. No, no, no se podía romper la “regla”, la norma de oro que había fundado el paraíso de la especulación, la concentración del capital, el deterioro brutal de la distribución del ingreso, la pobreza extrema y las transferencias de utilidades netas en dólares sin coste alguno por parte de las empresas y bancos multinacionales desde el país del rey Midas a sus casas matrices. Pero, claro, el sistema acabó ahorcado con su propia cuerda de tanto jugar y jugar con ella. La trampa recesiva en la que había caído la economía hacía que las dosis de la droga “endeudamiento” fueran cada vez más indigestas para el cuerpo social, al ritmo del incremento exponencial de los intereses de la deuda. Al final, cuando el riesgo de no pago dejó de ser un riesgo para convertirse en la más palpable realidad, esto ocurrió cuando por una serie de medidas que adoptó el sumiso gobierno de De la Rúa -sumiso a los intereses del capital concentrado-, los ahorristas salieron en masa a retirar el dinero de sus depósitos bancarios y los banqueros del exterior coincidieron en que prestarle un último dólar a la Argentina le iba provocar el paro cardiorrespiratorio de gracia. Entonces, se acabó el endeudamiento y con ello la posibilidad por parte del gobierno de garantizar la paridad cambiaria con libre convertibilidad. Así, compañeros, entró nuevamente en escena Domingo Cavallo, el gurú vernáculo del neoliberalimo económico y autor de la convertibilidad monetaria en 1991 y del festival de estatización de la deuda privada durante la dictadura en 1981 -fuente primigenia de la colosal deuda externa argentina- quien  vino a decirle a los argentinos que dada la gran evolución de nuestro sistema financiero ya no habría más necesidad de operar con billetes en efectivo, por lo que a partir de entonces sólo se iba a disponer de los depósitos bancarios por la vía de unas cómodas tarjetas de débito.

Y ¿qué decirles? La propuesta de este señor no convenció a los argentinos, precipitando con ello el estallido social de diciembre de 2001. En las luctuosas jornadas de lucha popular del 19 y 20 de diciembre -este último día hubo nada menos que 30 muertos a manos de la policía y francotiradores en medio de un intento de imposición del Estado de Sitio por parte del luego renunciante presidente De la Rúa- se exigió la dimisión del presidente, la convocatoria a una Asamblea Legislativa que nombrase a un presidente provisorio, el no pago de la deuda y la ruptura con el FMI y sus acólitos.  Lo que sigue ya es otra historia, pero en todo caso se había dado vuelta la página para bien o para mal, aunque yo no dudo que fue para bien. Convengamos en que la reestructuración o renegociación de la deuda en default hacia finales de 2004 -unos 88.000 millones de dólares- logró una adhesión de casi el 77% de los acreedores e implicó una quita aproximada del 73% del monto total negociado. Hasta entonces, se trató de la operación financiera en su género más espectacular y beneficiosa para quienes no sólo no generaron esa deuda sino que la pagaron varias veces a lo largo de los últimos cuarenta años: el pueblo argentino.

b) LAS ENSEÑANZAS PARA ESPAÑA Y EUROPA

Ante todo y antes de extraer elementos de los que podamos sacar enseñanzas a la luz de la crisis que padecemos actualmente en España y en países como Italia, Grecia, Portugal e Irlanda, repasemos brevemente la trayectoria reciente de la crisis en España. En esto, el economista neokeynesiano del MIT -al que nadie se le ocurriría catalogar de marxista radical en absoluto- Paul Krugman ha sido muy eficaz desde lo pedagógico en la explicación de la crisis. En pocas palabras Krugman ha subrayado -y estoy de acuerdo con ello- que a los efectos negativos de la crisis financiera internacional de 2007 -crisis de las hipotecas subprime– se le añade nada menos que la explosión de la tan mentada burbuja inmobiliaria local -eufemismo con el que se conoce a una brutal estafa de los sectores más concentrados del capital y agentes locales asociados a ellos contra los trabajadores y trabajadoras a quienes luego se les acusará de “haber pretendido vivir por encima de sus posibilidades”- y la imposibilidad de devaluación de la moneda porque ya la habíamos cedido oportunamente con nuestro ingreso al Club Med del euro.

Entonces, el hundimiento del poderoso sector de la construcción que a su vez arrastra a buena parte del sector servicios -una porción más que sustancial de la economía española- provocó una gran crisis con un incremento tremendo de la desocupación, a la que no se le pudo contraponer el crecimiento de ningún otro sector. Así, con el hundimiento de la demanda interna -ya nadie le daba un crédito a nadie en condiciones aceptables- la única salida de reactivación de la economía era la exportación. Pero claro, nos chocamos con el impedimento de la devaluación por integrar el euro (primera regla que no se puede transigir). Al mismo tiempo, la recesión lastró la recaudación, por lo que el déficit fiscal emerge como producto u efecto de la crisis y no como causa; esto es muy importante retenerlo. Ahora bien, la cosa no quedó ahí, porque este deterioro económico financiero puso de manifiesto el papel jugado por la banca como palanca del boom de la construcción -la gran estafa conocida en la jerga económica como “sobrefinanciarización”- y por tanto comienza el desmoronamiento del sistema financiero, al cual, claro está, no se puede más que salvar (segunda regla que no se puede transigir: a los bancos se los salva sí o sí, cueste lo que cueste y caiga quién caiga, a las personas no, a ellas se las deja sin dinero y sin vivienda).

Aquí nos encontramos en medio de una trampa parecida a la que padeció Argentina hasta diciembre de 2001. En España, el tabú que nos paraliza no radica en la pervivencia de ninguna convertibilidad monetaria pero sí en la de nuestra pertenencia al Club del euro. Por cierto, al igual que en el caso argentino, en el español vuelven a aplicarse las recetas que garantizan el hundimiento; es decir el recorte, el recorte y el recorte para reducir un gasto público que en teoría nos permitiría dejar de recurrir tan asiduamente al mercado de capitales para financiar ese agujero fiscal, pero que en realidad no hacen otra cosa que profundizar la recesión, deteriorando cada vez más la recaudación  fiscal, en proporciones que superan a los presuntos ahorros del gasto, lo que se traduce inmediatamente en nuevos y más onerosos endeudamientos. Es entonces cuando la prima de riesgo se transforma en “la vedette” que a su vez nos recuerda, en sintonía con el relato oficial, que hay que sacrificarlo todo con tal de no romper el tabú.

Y entre rescates que se avecinan, pronósticos macroeconómicos ficcionales, recortes de toda clase y color y montos presupuestados para pagos de intereses y servicios de la deuda que en 2013 -38.500 millones de euros- casi igualan a lo que proyectan gastar en ese mismo año todos los ministerios que conforman la Administración General del Estado, debemos plantear uno de esos porqués con los que tanto insistíamos en esa etapa de la niñez que va de los 3 a los 5 años: ¿Por qué esta gente, esta dirigencia político-económica e inclusive sindical, que controla los hilos de poder en este país, como hace diez o doce años en Argentina, se empeña en llevarnos por este camino?

Desde luego se aceptan como válidos los más diversos y creativos calificativos en el idioma que se crea conveniente; pero en cualquier caso, creo que la respuesta la podemos elaborar entre todos. No obstante, de mi parte, voy a decir lo que creo que sucede. Y lo que sucede para mí tiene que ver en el fondo de la cuestión con el conflicto capital-trabajo que, pese a los reiterados anuncios sobre su fallecimiento o desintegración, sigue más vivo que nunca. En particular, la solución que se nos propone y que se propuso también en Argentina en 2001 aunque finalmente no les resultó a sus promotores, tiene que ver con la concentración de la riqueza que hace cada vez más desigual la distribución del ingreso y por tanto facilita la dominación por quienes controlan los circuitos del capital tanto de la mano de obra como de los recursos materiales y medioambientales que ellos perciben o traducen en términos de plusvalías, o si nos os gusta este término, beneficios o utilidades.

Para el caso que nos ocupa, tanto en Argentina como España, casualmente se ha proclamado alto y claro, con voces solemnes y carraspeando para darle un cierto aire científico-académico, que había que evitar salir de la convertibilidad en un caso y del euro en el otro, que había que “salvar al sistema”. Ahora bien, esto tiene una única traducción o interpretación posible: “salvar a los bancos, a los banqueros”, “salvar al capital”, que es lo que se está haciendo ahora mismo en España.

En otras palabras, volviendo a la cuestión técnico-económica, se decía y se dice que no se puede, que está vedada la vía de la devaluación. Ahora bien, si eso es así, en un sistema de economía capitalista en la faz actual de globalización de mercados, sólo queda la antisocial vía de la devaluación salarial para retornar a lo que los economistas denominarían “el equilibrio perdido” -al equilibrio del conjunto de mercados de la economía me refiero, no al de los economistas como tales, ya que es prácticamente imposible recuperar algo que nunca se tuvo-. Es decir, nos enfrentamos a la ignominiosa rebaja de los salarios nominales para que baje el salario real (el poder de compra efectivo del salario) y así recuperar la competitividad perdida que le permita al país exportar a unos precios mucho más competitivos que los actuales.

En esta estamos y de momento, como tenemos aquel tabú por delante, se barajan algunos otros paliativos que eviten el recorte liso y llano de salarios, como reformar la zona euro para transformarla en una verdadera unión económica y monetaria. De allí las propuestas de unificación-armonización fiscal y sobre todo convertir al BCE en un verdadero Banco Central que compre la deuda que emiten los países de la Unión. Pero sobre todo, y esto lo señalan economistas como Krugman, Stiglitz y varios otros, se debería aprender de esta fallida experiencia de haber creado una moneda común cuando no se tiene prácticamente nada en común en lo que se refiere a instrumentos y políticas de gobierno efectivas; me refiero a la reformulación del valor de la moneda en relación a la productividad o si se quiere el nivel de precios real de los países de la Unión. En resumen, en estas circunstancias en las que nos encontramos sería imprescindible, según esta versión de la historia, que Alemania aceptara tener una inflación del 5 o 6% -actualmente está cerca del 0%- para que sus precios pierdan un margen de competitividad que no es otra cosa que decir que países como Grecia o España recuperarían competitividad relativa y entonces incrementarían sus exportaciones. Dicho de otro modo, Alemania, o mejor dicho los empresarios y banqueros alemanes y quienes comparten intereses más allá de sus fronteras, deberían convencerse de que no podrán seguir enriqueciéndose con tasas de utilidades como las actuales haciendo de la mayor parte de la Unión Europea el receptáculo de las exportaciones alemanas, o si se quiere la fórmula del éxito del empresariado alemán.

Pero, como verán esta última “solución” es tan utópica como pensar que un sector del capital más concentrado se va a sacrificar altruistamente para que no perezcan los trabajadores, desocupados y precarios del sur de Europa, a lo cual habría que agregarle que los obreros alemanes también deberían estar dispuestos a sacrificar poder de compra, todo por una crisis de la que los trabajadores alemanes como tales tampoco son responsables. ¿Y por qué tendría que suceder esto? No hay ninguna razón a priori y más aún si la “dominación por el ajuste” acaba resultándoles, aunque esto sea efímero. Si la fórmula del ajuste logra disciplinar y bajar costes salariales sin estallidos sociales que dañen sustancialmente a las grandes patronales, no sólo los responsables de la estafa se sentirán vencedores sino que podrían ver este éxito reflejado directamente en sus cuentas de resultados y por qué no también en las de un selecto grupo de empresarios allende sus fronteras, aunque la operación sea luego efímera y no se sostenga en el mediano y largo plazo. Podrían pensar: “ya vendrán otros a resolver el desaguisado, en el medio, quien nos quita lo bailado”. Por todo esto considero que, al igual que en Argentina hacia finales de diciembre de 2001, la respuesta a la actual crisis económica, ese no pasarán que sólo se logra con verdadera organización popular, radica hoy más que nunca en profundizar y agudizar la acción colectiva. De todos nosotros depende.

Damián Antúnez Harboure

(*)Charla-debate realizada en Valladolid el 18/10/2012.

[1] Artous, Antoine, Démocratie, citoyenneté, émancipation, Paris, Éditions Syllepse, 2010.

[2] Artous, Antoine, op. cit, p. 36. Traducción: Damián Antúnez Harboure.

Siglas utilizadas en el texto: 
BCE: Banco Central Europeo
BCRA: Banco Central de la República Argentina
Club Med: Club Méditerranée
FMI: Fondo Monetario Internacional
MIT: Massachusetts Institute of Technology
PIB: Producto Interior Bruto (PBI en Argentina)
YPF: Yacimientos Petrolíferos Fiscales
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