Mayos argentinos

MAYOS ARGENTINOS

 Damián Antúnez Harboure

El Cabildo

Fotografía de Lorena Rojas Ávalos, Buenos Aires, Sept. 2010.

Nace la patria. En la templada cuenca del Plata, el sol del 25 sigue asomando… como si una temprana vocación primaveral le opusiera resistencia al otoño. Por su parte, el Mayo europeo sigue detentando la marca registrada de “primavera de los pueblos” de la historia contemporánea.

Las últimas jornadas de la Comuna en el París de 1871 y, casi un siglo después, el “Mayo Francés” de 1968 son actualmente testimonios redivivos de aquellas primaveras. Una estela que por cierto, si se quiere,  alcanza a la Argentina desde su nacimiento mismo. La patria naciente del 25 de mayo de 1810 refiere a su modo a una revolución dispuesta a demoler un “antiguo régimen” y que, como todo hecho revolucionario, representa una historia con final abierto, un camino que se hace al andar.

Y un andar de más de medio siglo fue necesario para unificar el país en un Estado que le diera cuerpo a la patria. Revolución y guerra fueron los términos que como ningún otro ilustraron nuestras primeras andaduras. Pronto vendrían los esfuerzos y sacrificios, muy a menudo inequitativos, para construir la “república posible”. A ésta le siguió una efímera “república verdadera”. Su muerte puso más temprano que tarde en evidencia las limitaciones de un modelo de país que no estaba preparado para albergar a un naciente proletariado industrial con todas las consecuencias que, en términos de “subversión social”, esto suponía. Entonces, el naciente movimiento peronista tomaba el relevo.

Para el historiador Felix Luna “la Argentina era una fiesta”. Aún siendo así en muchos aspectos, esto es sólo una estampa de cierta eficacia publicitaria pero reduccionista al extremo para poder evocar lo que produjo la revolución justicialista. Las propias tribulaciones de quienes gobernaron el país tras el golpe de Estado de 1955 son un testimonio fiel del cambio radical que había operado la Argentina entre 1945 y 1955. Además, el callejón sin salida de la proscripción y el silenciamiento al peronismo nos habla de una revolución que, aún inconclusa, no admitía una vuelta al pasado.

Lo cierto es que siempre nos quedará mayo. Un mayo que, en Europa, volvía a manifestarse en aquél París de 1968 para replicar sin cesar un poco por todos lados. Desde una Alemania cuasi tutelada por la Alianza Atlántica, a una España franquista con algún que otro brote verde, a los movimientos contestatarios de poderosas universidades de Estados Unidos (UCLA, California) y cruzando el río Bravo a la masacre de Tlatelolco…

En Argentina, aquél signo de los tiempos tuvo una impronta idiosincrática en el Cordobazo de mayo de 1969. El anacrónico régimen militar del Gral. Onganía dejaba al desnudo ese vacío de legitimidad que lo había acompañado desde su ascenso al poder tres años atrás. Entonces Mayo volvía a significar un revulsivo social en su sentido más descarnado: malestar social, contestación y revuelta popular. Estos fueron los signos mismos del agotamiento del statu-quo post 1955.

En cualquier caso, la salida del túnel no sería sencilla y menos aún indolora; pero peor aún, desgraciadamente se mostraría efímera. Ya veríamos cómo aquel radiante sol del 25 de mayo de 1973 con su despertar democrático, que no dejaba de proclamarse primavera, muy pronto se revelaría otoño.

No hizo falta esperar demasiado; no hizo falta que los militares derrocaran a la presidente Isabel Perón el 24 de marzo de 1976. Al transitar la frontera del verano de 1973/74 las dudas ya estaban prácticamente disipadas.

Y una vez más apareció Mayo, aunque se trataba ahora de un Mayo otoñal que presagiaba el invierno. Aquel mítico primero de mayo de 1974 el presidente Perón no lograba contener su bronca, su desazón en aquella histórica plaza, emblema de mancomunión entre pueblo y líder. Casi como una formalidad, Montoneros se retiraba de la Plaza. Ahora bien, la verdadera retirada se había producido mucho antes; aquello era sólo la confesión pública de un tránsito irrefrenable hacia el abismo.

En resumen, en ese tránsito acelerado Mayo volvía a replicar en nuestras vidas aunque en esta oportunidad vestido de tragedia. Vidas sacrificadas, vidas mutiladas, ira, destrucción y muerte. Un cóctel demoledor para una sociedad argentina ya muy golpeada por la división y los enfrentamientos estériles.

En ese mismo mayo de 1974, a diez días del episodio de la Plaza, era acribillado a balazos, a la salida de una misa en la parroquia de San Francisco Solano del barrio porteño de Mataderos, el padre Carlos Mugica, ícono de los curas del Tercer Mundo en Argentina. Se trataba del cura de los pobres, defensor de la causa de los villeros de Retiro y ex consejero espiritual de líderes montoneros como Fernando Abal Medina, Carlos Gustavo Ramus (ya por entonces fallecidos) o Mario Eduardo Firmenich. Como nadie reivindicó el atentado las acusaciones fueron desde la organización paramilitar Triple A hasta Montoneros.

Las dudas sobre el asesinato del padre Mugica persisten hasta hoy, ya que el crimen jamás fue esclarecido. De todos modos, y sin soslayar la importancia de hacer justicia con quienes se enarbolan en dueños de la vida y la muerte de sus contemporáneos, debemos subrayar que aquellas dudas sobre la autoría del asesinato no hacen sino revelarnos el papel que ya por entonces jugaba la violencia como medio de resolución del conflicto social y político de la Argentina.

Una vez más observamos cómo aquella violencia que subyace al conflicto intraperonista ortodoxia-heterodoxia y que lo trasciende constituye el campo que Pierre Bourdieu define como doxa; aquello que por estar tan instituido en las propias entrañas de una comunidad, ya no parece relevante para ser discutido, problematizado. En este oscuro campo de la doxa el mayo del ’74 se iba apagando y con él cualquier posibilidad de convivencia pacífica entre los argentinos.

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