Treinta años de democracia

Treinta años de democracia

Damián Antúnez Harboure

La incorporación de la Argentina a la política democrática allá por 1912 con la ley Sáenz Peña de sufragio universal masculino, secreto y obligatorio estuvo signada por los tropiezos para acabar en la desazón y el desencanto. El destacado historiador Tulio Halperín Donghi no se cansó de repetir que Argentina se incorporó mal a la política democrática en la segunda década del siglo XX. Desazón y desencanto son las notas que traducen ese sentimiento de no poder consolidar un sistema político basado en un Estado de derecho en el cual ningún actor de la vida social, sea éste político, económico o parte de alguna corporación, se enarbole con la facultad de decidir por el resto y sin el resto. Seis golpes de Estado a contar entre 1930 y 1976 junto a innumerables acechanzas desestabilizadoras de todo orden nos impulsan a celebrar en el día de la fecha estos treinta últimos años de vida democrática, inaugurados con las elecciones generales del 30 de octubre de 1983.

Aunque para el tango veinte años no sea “nada” y tal vez ni siquiera treinta cambien sustancialmente esta consideración, para la historia política de la Argentina contemporánea es, sin dudas, una nota más que relevante que merece toda nuestra atención. Sin ir más lejos, estos treinta años duplican la marca inmediata anterior que fueron aquellos catorce años que entretejieron las presidencias radicales entre 1916 y 1930. El resto, sin duda, va a la baja: un ciclo de once años entre 1932 y 1943 con “fraude patriótico” de por medio, el despertar de la ciudadanía social con los nueve años peronistas de 1946 a 1955, esta vez sin adulteración de la voluntad popular ni proscripciones partidarias para luego -fusilamientos mediante- dar paso a un péndulo cívico militar entre 1955 y 1973 con un peronismo excluido de la vida política nacional. Recién a partir del 11 de marzo de 1973 pareció asomar algo así como una “primavera democrática”, pero que raudamente devino otoño en un preludio de lo que sería ese trágico invierno de la dictadura militar de 1976 a 1983.

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Aquel invierno agonizó recién cuando la derrota en la Guerra de Malvinas diera por tierra con las últimas ilusiones dictatoriales de perpetuarse en el poder. Se percibían entonces no pocos signos de cambio de época; un poco llevados de la mano de los propios datos de una realidad que combinaba tragedia política, fracaso económico y desprestigio internacional y otro poco por pura voluntad, por puro deseo, por un anhelo de no dejar pasar esta vez la oportunidad perdida en 1973. Ahora sí, la democracia era un valor en sí mismo, sin necesidad de aditamentos; como dirían los franceses, el grito de la hora era una “démocratie tout-court” (una democracia a secas). No por nada ese preámbulo recitado por el candidato de la Unión Cívica Radical, Dr. Raúl Alfonsín, llegó al corazón de los argentinos, como también lo hizo aquel “con la democracia se como, se cura, se educa…”.

Desde luego, aquella apuesta por la conformación de un Estado de derecho y la construcción de una política democrática como prioridad sobre la cual pensar todo lo demás encuentra su explicación más convincente cuando tomamos conciencia de los orígenes. Porque resulta que veníamos de una tragedia; un drama que hirió gravemente a los argentinos, destruyendo el tejido social, poniendo en duda el valor de la ética pública y hasta aniquilando el aparato productivo del país. Treinta años después, es posible que resulte exagerada y hasta ingenua esa apuesta a secas por la democracia política sin condicionantes, como podría haber sido en el pasado el de la liberación nacional y social o en el presente el del desarrollo con equidad e inclusión social. Ocurre que el “volver a votar”, volver a respirar la libertad civil conjugada con la libertad política no era otra cosa que un objetivo en sí mismo que articulaba medio y fin.

También, en estos treinta años hemos podido curtirnos en nuevas desilusiones, en renovados desencantos. Las intentonas golpistas fueron superadas en los primeros años, aunque más se resintió la joven democracia con los operativos desestabilizadores de aquellos poderes fácticos que actuaron y actúan desde el capital concentrado. Tal vez un punto de inflexión en lo que pudiera evaluarse como lo que en cierto momento empezó a vivirse como una marcha hacia atrás, un cuesta abajo, aparece reflejado en el fin de año de 2001. Sin embargo, ese “verano trágico” parece haber actuado a su tiempo como un barajar y dar de nuevo en una siempre necesaria renovación democrática. Una reconciliación entre poder político y ciudadanía, ahora con ideas más maduras sobre la construcción de la política democrática, ya sin disociar Estado de derecho, desarrollo económico, justicia e inclusión social.

En cualquier caso, jamás debemos caer en triunfalismos bajando la guardia en la tarea de construir una verdadera democracia avanzada e inclusiva. Dicho de otro modo, cualquier inventario que se haga y por mucho que nos sintamos orgullosos de lo hecho, no nos debe dejar conformes. Se trata de un inconformismo positivo, en clave de impulso a emprender lo que la sociedad demanda, en corregir errores y en perfeccionar los mecanismos de un sistema que debe garantizar el poder decisorio de la ciudadanía. En definitiva, debiéramos hacer del mejoramiento de los mecanismos de la democracia un lugar de encuentro de la política argentina, no sin banderías… Debiéramos antes bien convertirlo en un lugar que sume todas las banderas, porque de eso se nutre la democracia. Cuando se bajan las banderas se deprime el juego político y sólo queda el de las corporaciones. Así las cosas, la conmemoración de estos treinta años de democracia debería, una vez más, impulsarnos a renovar nuestra democracia, persuadidos que la solidez de lo hecho depende estrechamente de lo que hagamos como sociedad hoy y mañana.

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