En una playa junto al mar…

En una playa junto al mar…

Damián Antúnez Harboure

Playas Popular y Bristol-década 1970-Mar del Plata.Fte. WikipediaCorría el año 1971 y muchos de nosotros quizás ni siquiera estábamos en los planes de quienes luego serían nuestros padres. Ahora bien, el encanto de la historia es justamente ése, que ella es o sucede aunque nosotros aún no lo seamos ni siquiera en potencia. Pero retomemos el hilo temporal de 1971 para detenernos en el día jueves 4 de febrero. Una fecha que, a simple vista, no recoge ninguna seña de identidad memorable, aunque una vez más la historia se empeñe en que no sea así. Y de hecho no lo fue, en particular para el llamado mundo del espectáculo vernáculo; ése que se vale de la estación estival para proyectar las luces de las avant-premières de la Reina del Plata, por ejemplo, en su mímesis veraniega por excelencia, la ciudad de Mar del Plata, para aquella época ya apodada La Feliz.

Este tipo de eventos nos recuerdan cómo la ficción teje sus redes para colarse en la historia; en la historia de un país, de una ciudad, de una época aunque sea por unas horas, como se suele decir, para tener su “cuarto de hora”, si es que consideramos que sólo los “grandes hombres”, “las grandes epopeyas” o los “hechos trascendentales” se encuentran legitimados para ingresar en los Anales de la Historia. Bien diferente es la perspectiva de la historia social de la cultura, de la cultura popular. Entonces el rancio abolengo se ve tácitamente superado por un actor que pocas veces tiene voz propia en la historia social: el público; aquel que, al fin y al cabo, dotó a su modo de historicidad a ese jueves del mes de febrero de 1971. En definitiva, la puesta en escena se configuraba a sí misma: jueves de estreno en el ecuador del verano austral, Buenos Aires, Mar del Plata, avant-première, estrellas, vedettes, personalidades, flashes, público, admiradores… Sí, se trataba nada más y nada menos que del estreno de una comedia que prometía: En una playa junto al mar.

Promesas de esas que en el mundo del espectáculo se catalogan como un seguro éxito de taquilla. Ocurre que esta comedia reunía a dos estrellas juveniles del momento: Evangelina Salazar, por entonces novia del “Rey” Palito Ortega, y Donald Mc. Cluskey, cantautor de baladas juveniles que, podríamos decir, recogía en clave nacional ritmos propios de la música beat con una referencia ineludible en el exitoso grupo estadounidense Beach Boys. Todo esto en una película dirigida por Enrique Cahen Salaberry con guión del mítico Abel Santa Cruz no hacía sino presagiar una explosión de público el día del estreno.

Recordemos que hacía poco más de una década que lo que hoy conocemos como “juventud” había logrado acreditarse como categoría histórico-sociológica haciendo de estos nuevos jóvenes un próspero nicho de mercado. Acto seguido, no es de sorprender que el costado comercial de esta venturosa e incipiente industria de la “moda juvenil” se pusiera de manifiesto en el momento mismo del comienzo de l’avant-première en Buenos Aires. Las cámaras de Canal 11 la trasmitieron en directo. Asistieron stars y starlettes de la más variada gama. Fueron también de la partida Olga Zubarry, Nélida Lobato, Claudia Sánchez y el Nono Pugliese, la famosa pareja de LM, marca su nivel, entre tantos otros. Las cámaras y los flashes se agolparon cuando hiciera su entrada triunfal la pareja protagonista, acompañados por no pocas grandes figuras del cine argentino como Jorge Barreiro, Aída Luz y Tono Andreu…

Como bien es sabido, en materia de espectáculos populares le publique est roi, por lo que éste quiso que las luces de los flashes y las cámaras no se apagaran una vez transcurrido el estreno. Por esos extraños motivos que resultan imposibles de escrutar, el público quiso hacer de esta comedia algo más que un éxito pasajero. Al fin y al cabo, una marca de época que llega a nuestros días y hace que al tararear aquel “…en una playa junto al mar…” nos traslademos a esa Mar del Plata de comienzos de los setenta. Poco importa la crítica cinematográfica en lo que hace al valor de la película en el complejo mundo del séptimo arte. Me interesa sólo quedarme con la elección del público y con su proyección a una época y espacio históricos que me empeño en convertirlo en postal. Una postal que bien podría ser la que encabeza este artículo y que es también la que presento al final del mismo de al menos tres lustros atrás. Y resalto lo de “al menos tres lustros atrás” porque ni de una ni de la otra se conoce la fecha precisa en la que fueron tomadas. ¿Principio y final invertidos? Tal vez para un recorte de ficción o para un mundo más o menos amovible, más o menos estable o equilibrado al que la historia desmiente descarnadamente. Ni principio, ni fin, ni estabilidad, ni equilibrio. Mar del Plata refleja más bien la trayectoria de una cierta desmesura, como si con ella buscara emular o más bien sintetizar lo más relevante de la vida social de la Nación en un ensayo microhistórico, no exenta de esa impronta que delinea su personalidad histórica.

En cualquier caso este acercamiento visual del blanco y negro al color en La Perla del Atlántico nos permite trazar unos vectores que conectan el verano del ’53 o del ’54 con el del ’70, ’71 o tal vez del ’72.  La falta de referencias temporales exactas demanda un minucioso trabajo de observación. La postal de esos primeros cincuenta invita, por ejemplo, a datarla en aquel verano del ’54, el del Primer Festival de Cine inaugurado por el presidente Perón y que quiso de algún modo significar la síntesis social de la “Argentina peronista” en su obstinado esfuerzo por borrar cualquier huella de una patria oligárquica. Ahora el país opulento era de todos y no el de unos pocos. Aún así, un proceso histórico es ante todo eso, un proceso y ni siquiera la espectacular transformación social operada durante el decenio justicialista logró borrar de un plumazo esa otra Mar del Plata del ocio aristocrático que supo ganarse el título de El Biarritz argentino[1]. En rigor de verdad, Mar del Plata fue desde siempre un laboratorio social de un país con una natural tendencia igualitaria y las bases mismas del turismo social o de masas tiene un antecedente proto-peronista en la gestión gubernativa del Dr. Manuel Fresco en la provincia de Buenos Aires, ya sea por la remodelación urbanística -complejo de Rambla, Casino y Hotel Provincial- como por el acento puesto en el acceso de escolares al contacto con el baño de ola en una visión que comprendía renovados principios de salubridad pública, deporte, ocio y conocimiento del medio en una perspectiva de afianzamiento del “amor a la patria”. Desde esta visión, el despunte del ocio de masas impulsado por el primer peronismo como correlato de una serie de reformas en los planos social y económico -cambio en la ley de alquileres en 1945 y tres años más tarde sanción de la ley de propiedad horizontal que sientan las bases de un nuevo modelo urbanístico en su relación con el turismo de masas-, es un revulsivo que comienza más que un toque de barita mágica en un acicalado proceso de transformación social.

Si poco más de tres lustros separan temporalmente a una postal de otra, el tiempo social y urbanístico que las enfrenta parece ser mucho más amplio; baste con acercar la lente a la postal de los años ’50: sobre la Avenida Patricio Peralta Ramos circula el tranvía marplatense, el ómnibus de la empresa 9 de Julio y un Citroën 11BL, más conocido por los argentinos como el 11 Ligero, o como decía la publicidad de la época, el auto ideal para el llano y la montaña. Cruzando la avenida llegamos al imponente complejo de Rambla, Casino Central y Gran Hotel Provincial, que dan forma al plano espacial sin competencia alguna[2]. Aún no han despuntado los grandes edificios que conformarán el boom de la construcción en la década siguiente y que nos empujan de lleno a la postal de los años ’70. Téngase en cuenta que entre 1950 y 1970 se construye el 50% del parque habitacional actual de la ciudad de Mar del Plata, cuando el 70% del casco histórico fuera demolido para construir edificios de propiedad horizontal. Una víctima propiciatoria de esa transformación edilicia fue sin lugar a dudas la casa-chorizo, las que eran reemplazadas por inmensas torres de más de 10 pisos[3]. Tampoco vaya a creerse que la topadora urbanística se amedrentó frente a las tantas mansiones señoriales, aunque en menor medida no poco de estas construcciones también perecieron por aquellos años. Estos tiempos ven aparecer una pléyade de nuevas estrellas edilicias en una frenética competencia de alturas. Hacia el fondo vemos el Palacio Cosmos -también conocido como Edificio Pepsi o Edificio Phillips, habiendo variado su nombre conforme a las marquesinas que le dieron identidad-. Por el contrario, en primera línea de playa, se erige tal vez la torre más emblemática de aquella Mar del Plata de los ’70: el Edificio Demetrio Elíades, familiarmente conocido como Edificio Havanna, el que pasados los años aún permaneciera impertérrito observando la ciudad desde la costa. Por cierto, lo que ha dado en llamarse el enjambre humano de la Bristol y la Popular son ahora en los ’70 una realidad tan palpable como esas coloridas sombrillas que marcan las parcelas de arena de los miles y miles de veraneantes prestos a disfrutar de esa cautivante combinación de sol, mar y playa. El parque automotor, ni qué decirlo, ha variado en cantidad y en modelos respecto a la postal de los ’50. En un primer plano divisamos los ya rodados colectivos Bedford de la empresa Peralta Ramos, algún que otro Peugeot 404 o Citroën 3CV y hasta un taxi Fiat 1500.

Sea como fuere, bien podríamos concluir esta comparativa intrapostales afirmando, por qué no, que si este cambio se produjo fue porque el público así lo quiso. En definitiva, fue éste quién inventó La Feliz o ese “…qué lindo que es estar en Mar del Plata…” En definitiva, el turismo representa algo así como la unión de dos grandes colosos, la ficción y el producto comercial, que unidos transformaron la primera postal en la segunda. Pero, Mar del Plata no es sólo el turismo, no es sólo enero y febrero o las vacaciones de julio. Mar del Plata es también ese gran puerto pesquero del país, esa urbe universitaria, cultural y cosmopolita que supo ser tan rebelde como moderna casi, diríamos, desde el comienzo mismo de su historia. Ese Biarritz argentino que osó quitarse el “traje de salón” para iniciar un decidido camino hacia un turismo popular, fue también quien en lo político tuviera el tupé de convertirse en la primera experiencia de gobierno socialista del país. Cómo olvidarse de las reconocidas gestiones municipales de los intendentes socialistas Teodoro Bronzini y Rufino Inda en los años ’20. Y si de intransigencia se trata, cómo no recordar que en plena marea peronista de 1973 Mar del Plata consagraba como intendente municipal a otro socialista, en este caso a Don Luis Nuncio Fabrizio. Como siempre el público eligió sin complejos ni ataduras e hizo suya una ciudad a la medida de sus deseos.

Playas Popular y Bristol-1953-Mar del Plata


[1] Larrinaga, Carlos, Elisa Pastoriza, “Dos balnearios atlánticos entre el fin del siglo y la crisis del treinta, San Sebastián y Mar del Plata. Un ejercicio comparativo”, Historia Contemporánea, Nº 38, pp. 277-310.
[2] La remodelación del complejo Rambla, Casino y Hotel Provincial fue una construcción iniciada en 1937 por el gobernador bonaerense Manuel Fresco (1936-1940), obra del arquitecto Don Alejandro Bustillo, de estilo neoclásico y fuerte inspiración francesa que recuerda a los edificios de la Place Vendôme de Paris, o al Hôtel du Palais de Biarritz.
[3] Pastoriza, Elisa, “Estado, gremios y hoteles. Mar del Plata y el peronismo”, Estudios Sociales, Nº 34, primer semestre 2008.
Postal Nº1: Ciudad de Mar del Plata, Playas Popular y Bristol, década 1970, temporada veraniega. Fuente: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Playa_Bristol_(ca._1970).jpg
Postal Nº2: Ciudad de Mar del Plata, Playas Popular y Bristol, década 1950, temporada veraniega. Fuente: Archivo personal de D.A.H. (Damián Antúnez Harboure)
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